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Médicos estadounidenses utilizan nuevo tratamiento con magnetismo para combatir la depresión

Los estadounidenses gastan miles de millones de dólares cada año en antidepresivos, pero el Instituto Nacional de Salud de este país estima que estas medicaciones les funcionan al 60 o 70% de las pacientes que las toman. Adicionalmente, el número de personas con depresión se ha incrementado un 18% desde 2005, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, que este año inició una campaña global invitando a las personas a buscar tratamiento.

El Instituto Semel de Neurociencia y Conducta Humana de la UCLA (Universidad de California. Los Ángeles) es uno de los pocos hospitales y clínicas en los Estados Unidos que ofrecen un tratamiento que funciona de forma fundamentalmente diferente que las medicinas. La técnica, que se llama “Estimulación Magnética Transcraneal”, lanza pulsos magnéticos en el interior de los cerebros de los pacientes: un enfoque que se ha comparado con la reconexión de una computadora, pero en este caso en particular, del cerebro humano.

La Estimulación Transcreanal ha sido aprobada ya por la FDA para tratar la depresión que no responde a los medicamentos y los investigadores de la UCLA han afirmado que este tratamiento ha sido infrautilizado. Pero afortunadamente los nuevos equipos que se lanzarán este verano prometen que el tratamiento estará disponible para más personas.

“Realmente estamos cambiando la forma en que se organizan los circuitos cerebrales, cómo se comunican entre sí”, dijo el doctor Ian Cook, director del Programa de Investigación y Clínica de la Depresión de la UCLA. “El cerebro es un órgano increíblemente cambiante. De hecho, cada vez que las personas aprenden algo nuevo, hay cambios físicos en la estructura del cerebro que pueden ser detectados”.

Nathalie DeGravel, de 48 años, de Los Ángeles, había probado infructuosamente múltiples medicamentos y diferentes tipos de terapia buscando quitarse la depresión que padecía, hasta que encontró la solución en la estimulación magnética. Ella le hablo de este método a su psiquiatra a principios de 2017 y él la remitió a la UCLA.

En unas pocas semanas, comenzó a sentirse aliviada del dolor de espalda que había estado experimentando; poco después su depresión comenzó a disminuir. DeGravel dice que ahora puede reaccionar más “sabiamente” a las luchas diarias de su vida, se siente más resistente, con más fuerza, y es capaz de hacer mucho más en su casa. De hecho acaba de actualizar su currículum para encontrar trabajo por primera vez en años.

Durante la terapia con estimulación magnética, el paciente se sienta en una silla reclinable, muy parecida a la que utilizan los dentistas, y un técnico coloca  el estimulador magnético contra la cabeza del paciente en un lugar predeterminado, basado en calibraciones de imágenes de su cerebro.

El simulador envía una serie de pulsos magnéticos hacia el cerebro. Las personas que se han sometido al tratamiento comúnmente informan que la sensación es como tener a alguien golpeando su cabeza y debido al sonido de click que hace, los pacientes a menudo usan auriculares o tapones para los oídos durante las sesiones.

La terapia dura de 30 minutos a 1 hora, y la gente comúnmente recibe el tratamiento varios días de la semana por seis semanas. Pero la nueva generación de aparatos pueden hacer que la terapia dure menos y se obtengan los mismos buenos resultados.

“Hay nuevos dispositivos de estimulación magnética aprobados recientemente por la FDA que permitirán a los pacientes obtener los beneficios del tratamiento en un periodo de tiempo mucho más corto”, dijo el doctor Andrew Leuchter, director del servicio clínico y de investigación del Instituto Semel. “Para algunos pacientes, podremos reducir la duración de una sesión de tratamiento de 37 a minutos a tan solo 3 minutos y completar un ciclo completo en dos semanas”.

Leitcher también señaló que algunos estudios han demostrado que la estimulación magnética es inclusive mejor que la medicación para el tratamiento de la depresión crónica.

“Estamos acostumbrados a pensar en tratamiento psiquiátricos mayormente en términos de terapias de conversación, psicoterapia o medicamentos”, dice Leitcher. “La terapia con estimulación magnética es un tipo de tratamiento revolucionario”.

Bob Holmes, también de Los Ángeles, es uno de los más de 16 millones de estadounidenses que informan tener un episodio depresivo cada año y él ha sufrido de depresión toda su vida. Él también se ha acercado a la UCLA para recibir este prometedor tratamiento.

Los médicos también están explorando si el tratamiento podría usarse para una variedad de afecciones incluyendo la esquizofrenia, la epilepsia, la enfermedad de Parkinson o el dolor crónico.

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Traducido y editado por Julio García

Referencia: https://dailyaccord.com/doctors-successfully-rewire-the-brain-of-people-with-depression/

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La depresión podría ser un subproducto de la evolución del sistema inmunológico

No cabe la menor duda de que la depresión es una enfermedad muy común que afecta a 1 de cada 10 adultos en los Estados Unidos y que, su origen, tenga que ver en la manera en que está “cableado” nuestro cerebro. Esta idea ha llevado a a un puñado de científicos a proponer muchas teorías para dar cuenta sobre cómo la depresión, o comportamientos relacionados con ésta, pueden ofrecernos, de alguna manera, una ventaja evolutiva.

Algunas propuestas previas sobre el rol que juega la depresión en la evolución, se han centrado en cómo ésta enfermedad afecta el comportamiento en un contexto social. Y un par de psiquiatras abordan este rompecabezas de diferente manera, ligando depresión y resistencia a la enfermedad. Ellos proponen que variaciones genéticas que promueven la depresión surgieron durante la evolución porque ayudaban a nuestros ancestros a combatir infecciones.

Un esbozo de la propuesta ha aparecido -en internet- en la revista Psiquiatría Molecular.

Los coautores del estudio son Andrew Miller (profesor de Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento de la Universidad de Emory) y William Timmie (director de Psiquiatría Oncológica del Instituto del Cáncer Winship).

“Muchas de las variaciones genéticas que han sido ligadas con la depresión, hacen estragos y afectan al sistema inmunológico”, ha dicho Miller, quien también ha comentado que “ésto nos lleva a replantearnos sobre el por qué la depresión parece estar integrada en el genoma humano”.

Por décadas, los científicos han visto una estrecha relación entre depresión e inflamación (o sobre activación del sistema inmunológico). La gente con depresión suele tener mayores niveles de inflamación aún si su organismo no está combatiendo ninguna infección. Sin embargo, altos niveles en las marcas de inflamación no son una consecuencia inevitable de depresión.

“La idea básica es que la depresión y los genes que la promueven sirvieron para ayudar a las personas a adaptarse con mayor facilidad y no morir por infección en los ambientes ancestrales (especialmente los niños), incluso si esas mismas conductas no nos ayudan en nuestras relaciones con otras personas”, afirma Raison.

Las infecciones fueron la mayor causa de muerte en los primeros años de la historia humana, por lo que sobrevivir a infecciones fue determinante en lo que respecta al paso de los genes de padres a hijos. Evidentemente, si un individuo moría, no podía dejar descendencia ni transmitir su información genética. En este sentido, los autores proponen también que la evolución y la genética han estado unidos en lo que respecta a los síntomas depresivos y a las respuestas psicológicas que fueron seleccionadas sobre la base de la reducción de la mortalidad por infección. Fiebre, fatiga, inactividad, aislamiento social y anorexia podrían ser considerados como comportamientos adaptativos para contener infecciones.

La teoría ofrece, además, una nueva explicación sobre por qué el estrés es un factor de riesgo para la depresión. La relación que existe entre estrés y depresión se puede ver como el subproducto de un proceso que pre-activa el sistema inmunológico en anticipación a una herida o lesión. En particular, la presencia de biomarcadores para la inflamación podrían permitir saber si alguien responderá a varios tratamientos contra la depresión.

De manera similar, un trastorno en los patrones de sueño puede verse tanto en los transtornos de comportamiento o de ánimo y cuando el sistema inmunológico está activado. Todo esto es un legado de nuestros ancestros, ante la necesidad de estar alerta para defenderse de los depredadores después de una herida.

Actualmente Miller y Raison están involucrados en una investigación que pretende determinar si ciertos medicamentos, que normalmente son utilizados para tratar enfermedades del sistema inmunológico, pueden ser efectivos con aquellas depresiones que son resistentes a los tratamientos.

TRADUCCIÓN Y EDICIÓN DE Julio García.

FUENTE: www.medicalexpress.com

Los hongos alucinógenos podrían ayudar a combatir enfermedades como la depresión.

El ingrediente activo de los hongos psicodélicos -llamado Psilocibina– produce un detrimento en la actividad cerebral, lo que posiblemente explique los efectos vívidos y alucinantes de la droga, afirma un nuevo estudio.

Las disminuciones se centraron en las regiones que sirven como cruceros de información en el cerebro, lo que significa que la información puede fluir de manera más libre en un cerebro que esté bajo los efectos de los hongos, de uno que no lo esté.

El hallazgo podría ser útil en el desarrollo de tratamientos con alucinógenos para algunos tipos de desórdenes mentales.

De hecho, “cada vez hay más evidencias de que las regiones afectadas son las responsables de otorgarnos la conciencia de nosotros mismos”, ha dicho en un correo electrónico Robin Carhart-Harris, uno de los autores del estudio, a LiveScience, y quien investiga en el Imperial College de Londres.

“En otras palabras, las regiones afectadas conforman lo que algunas personas llaman nuestro ego. Esa actividad decrece en la `red del ego´, y confirma así lo que comunmente dice la gente sobre los psicodélicos, de que éstos disuelven temporalmente a éste.

Tranquilizando al cerebro.

La psilocibina, el químico que le otorga a los hongos alucinógenos sus efectos enloquecedores, tiene efectos duraderos. De hecho, un reciente estudio realizado por científicos de la Universidad Johns Hopkins, demostró que una sola experiencia con psilocibina en un ambiente controlado, puede alterar la personalidad a largo plazo, haciendo a los individuos más abiertas a nuevas experiencias. “Las personas dadas a consumir esta sustancia, a menudo describen sus experiencias entre las más significativas de sus vidas, comparadas inclusive con otras experiencias tan relevantes como tener un hijo o casarse”, afirma Carhart-Harris, quien también señala que “queremos saber realmente que sucede con el cerebro de las personas para que ésta sustancia química les produzca tales efectos profundos”.

Por otro lado, los investigadores preguntaron a 15 personas, quienes ya habían utilizado hongos en el pasado, que se sometieran a un exámen de Imágnes por Resonancia Magnética, el cual, a través de un escáneo, míde la corriente de sangre que fluye en el interior del cerebro, determinando así la cantidad de actividad que se produce en determinadas regiones.

Después de algunos minutos, los investigadores inyectaron a algunos participantes (sin que lo supieran, por supuesto) psilocibina y a otros un placebo. (Cada voluntario participó en dos escáners, de tal manera que todos tuvieron una experiencia con el alucinógeno y otra con el placebo). Después continuaron con el escáner para descubrir que cambios ocurrieron en su actividad cerebral.

¿Un tratamiento prometedor?

Los escáners revelaron una verdadera sorpresa: que la psilocibina nunca incrementa la actividad en el cerebro, sino que, por el contrario, hace que ésta decrezca pero en ciertas zonas, especialmente en las áreas de transferencia de información como el tálamo, que se encuentra justo en medio del cerebro.

“Anulando estos centros clave con la psilocibina, y permitiendo así que la información viaje más libremente por el cerebro, probablemente explicaríamos por qué la imaginación se hace más viva y animada y por qué el mundo se experimenta como algo inusual”, ha dicho Carhart-Harris.

Por otro lado, los investigadores utilizaron métodos de resonancia magnética para validar sus hallazgos, y para verificar otras reacciones en el organismo como, por ejemplo, el hecho de que la psilocibina no causa cambios en el ritmo de la respiración, que a su vez tampoco produce cambios en el cerebro.

Lo que de hecho parece suceder, ha comentado Carhart-Harris, es que la psilocibina imita los efectos de la serotonina, que es un compuesto químico que actúa sobre las neuronas, de tal suerte que la psilocibina se pega a los receptores de la serotonina en las células del cerebro, inhibiendo la actividad de éstas. El efecto dura alrededor de media hora para una dósis moderada dada a través de una inyección intravenosa.

Ahora bien: el plan que ahora tienen en mente los científicos es el de investigar los efectos de la psilocibina en el tratamiento de enfermedades como la depresión, ya que las regiones que se apagan por los efectos de ésta sustancia se encuentran sobreactivadas durante los periodos depresivos, de tal manera que los ingredientes que contienen los hongos alucinógenos podrían representar un tratamiento alternativo para mejorar el estado de ánimo de las personas.

Por otra parte, éstos descubrimientos no son en ningún sentido una licencia para que las personas comiencen a medicarse por su cuenta con hongos, ya que todos los participantes en este y otros estudios han estado en ambientes controlados, de tal manera que si se experimenta con psilocibina de forma descontrolada, se pueden llegar a tener espantosos sueños psicodélicos. Sin la apropiada asistencia psicológica, los efectos pueden ser de larga duración y sumamente dañinos.

“Éstos son apenas resultados preliminares, por lo que se debe de realizar mucha más investigación antes de hablar de un verdadero valor terapéutico de los efectos de la psilocibina, aunque los primeros signos son alentadores”, ha dicho Carhart-Harriss.

Traducción y edición de Julio García.

Fuente: www.livescience.com