Las sondas Voyaguer transitan ya por el espacio interestelar

En los años 70 del pasado siglo, en plena Guerra Fría, Estados Unidos envió al espacio dos sondas: la Voyaguer 2 (el 20 de agosto de 1977) y posteriormente la Voyaguer 1 (el 5 de septiembre de 1977) con la finalidad de hacer un viaje sin retorno a las profundidades del universo y fotografiar las maravillas que nos ofrece nuestro Sistema Solar. Lo curioso es que cada una de las naves lleva en su interior un disco de metal que incluye información sobre su origen, lo que la especie humana es y, por supuesto, cientos de sonidos grabados de la fauna terrestre y voces humanas que dicen “hola” en las lenguas que se hablan en nuestro planeta. El objetivo de estos discos es que, si una civilización avanzada se topa con alguna de las naves, entonces podrían saber lo que somos como especie, cuáles son nuestros anhelos y virtudes y, también, lo que hemos construido a lo largo de millones de años.

El asunto de las Voyaguer lo traigo a colación porque hace unas semanas, en la prestigiosa revista Nature Astronomy, se publicó un trabajo que da cuenta de lo que han encontrado ambas sondas en un viaje que se ha prolongado por más de 40 años.

En 2012, la Voyaguer 1 cruzó la barrera de influencia del Sol y llegó al espacio interestelar. Y, justamente, el pasado noviembre, en 2018, la nave Voyaguer 2 hizo lo mismo. Y lo que llamó la atención de los científicos es que ambas naves tuvieron “experiencias” distintas de su encuentro con el espacio interestelar.

Así, mientras el Sol sopla partículas cargadas al espacio, forma una burbuja en el gas y el polvo circundante. Tanto la Tierra, como los otros planetas del Sistema Solar, se encuentran anidados dentro de esta burbuja, llamada heliósfera. Y es justamente la heliósfera, lo que ambas naves ya han pasado volando a velocidades increíblemente altas, lo que ha llamado la atención de los científicos. Por su parte, la heliopausa –un término que seguramente también les resultará nuevo– es precisamente ese límite que une y en el que interactúa la heliósfera con el espacio interestelar.

En este sentido, los investigadores están interesados en la heliopausa porque presenta una oportunidad única de aprender más acerca del Sol y de su interacción con el espacio interestelar. Y para comprender qué pasa en y un poco más allá de este límite, estudian la información que recolectan ambas sondas sobre campos magnéticos y partículas cargadas en ambos lados de la heliopausa.

Lo que llamó más la atención de los investigadores es que, cuando la Voyaguer 1 cruzó la heliopausa, no hubo cambios significativos en la dirección del campo magnético. Ellos esperaban, por el contrario, que pudiera haber una diferencia entre la dirección del campo magnético dentro de la heliósfera –donde los campos magnéticos vienen del Sol– y fuera de ella, donde los campos magnéticos provienen de estrellas que explotan y que escupen sus campos magnéticos hacia el interior de nuestro Sistema Solar.

Cuando la Voyaguer 2 llegó al espacio interestelar, confirmó lo dicho más arriba: el campo magnético fuera de la heliósfera se veía similar a lo que había observado antes la Voyaguer 1.

Otra cosa interesante que han aprendido quienes se dedican a estos menesteres, es que hay muchísimas partículas que se filtran fuera de la heliósfera y que llegan al espacio interestelar. Inclusive, después de que la Voyaguer 2 cruzó la helipausa, siguió detectando partículas que provenían del Sol. Por el contrario, la Voyaguer 1 –y esto es lo más llamativo– no pudo observar esta filtración de partículas del Sol, por lo que la pregunta sigue abierta de si realmente este fenómeno se da o si más bien es atribuible a un error en los cálculos.

Por el momento ambas naves se encuentran a más de 40 años de la Tierra, por lo que nos tomaría otros 40 años alcanzarlas si imaginamos por un momento que se detuvieran. Pero no lo hacen: siguen su camino por el espacio interestelar, en un intento, tal vez por alcanzar alguna estrella. La más cercana a nosotros es Alfa Centauro y está a 4,7 años luz, por lo que las Voyaguer tendrían que viajar a la velocidad de la luz (no lo hacen, van a unos 62,000 km/h) para alcanzar Alfa Centauro en 4,7 años. Otro asunto que es posible  es que se pierda contacto, dado que estamos hablando de una tecnología que fue creada en los años 70, además, las baterías de ambos artilugios funcionan a través de la energía que les provee el Sol y que, en este momento, ya es muy escasa debido a la distancia a la que se encuentran.

Carl Sagan (1934-1996), el gran astrónomo estadounidense que creó la serie de televisión Cosmos, fue un apasionado de la búsqueda de vida en otros planetas, de hecho, escribió una novela que hoy es difícil de conseguir, de nombre Contacto, que inspiró al director Robert Zemeckis a hacer una película que lleva el mismo nombre y que fue estrenada en 1996. Sagan no solamente fue el promotor de los discos que hoy llevan las Voyaguer abordo, sino que siempre creyó en la posibilidad de vida en otros planetas, pero no desde el punto de vista irracional en el que platillos voladores nos visitan y en la que sus tripulantes abducen gente con fines malévolos, sino desde una perspectiva más bien científica, donde la vida solamente se puede dar en otros mundos si sigue ciertos patrones específicos. Esta visión científica del autor de Cosmos, nos debe de servir para reflexionar en el sentido de que la vida en otros planetas es posible pero que debemos de ser cautelosos a la hora de plantearnos esta posibilidad y no caer en fanatismos banales. Las sondas Voyaguer podrían ser esa respuesta tan anhelada por nuestra especie a la pregunta de si estamos solos o no en el Universo. Ya lo dijo el poeta Samuel Butler en el siglo XVII: “una mente crédula… encuentra el mayor deleite en creer cosas extrañas y, cuanto más extrañas son, más fácil le resulta creerlas; pero nunca toma en consideración las que son sencillas y posibles, porque todo el mundo puede creerlas”.

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