James Maxwell: el genio que todo lo pudo

Cambiar la manera en la que concebimos la realidad no es cosa fácil. Para ello se requiere de un gran talento, una buena dosis de paciencia, mucho trabajo y tener la suerte de que lo que pensamos coincida verdaderamente con cómo es la realidad. Aunque muchas veces tampoco es cuestión nada más de suerte, sino de poner a prueba uno o varios modelos matemáticos, un conjunto de hipótesis, que a lo mejor previamente ya han sido puestas a prueba y contrastadas con la realidad, con nuevos datos con los que la naturaleza nos desafía cada vez que descubrimos algo nuevo.

Una de estas mentes pacientes y talentosas fue la de James Clerk Maxwell (1831-1879), un físico escocés al que muchos ponen en un pedestal por estar a la altura de Albert Einstein e Isaac Newton. Y es que no es para menos: a Maxwell -nacido en una familia acomodada del Edimburgo (Escocia) de mediados del siglo XIX- se le ocurrió unificar los trabajos de otros físicos como Michal Faraday (1791-1867) y Georg Simon Ohm (1789-1854), quienes ya habían propuesto la noción de que los fenómenos eléctricos y magnéticos son lo mismo. Antes de Faraday y Ohm, se creía que el magnetismo y la electricidad eran fenómenos que se producían de manera independiente. Así, una carga eléctrica era muy distinta al efecto de atracción que ejerce un imán sobre un cuerpo metálico. Pero fue Maxwell quien, mediante cuatro ecuaciones diferenciales vectoriales, presentó un trabajo mediante el cual planteó que tanto los fenómenos eléctricos son producto del magnetismo y viceversa: los fenómenos magnéticos también son capaces de producir electricidad. A la base de esta propuesta se le conoce hoy como electromagnetismo y es responsable de una pléyade de hechos que suceden a nuestro alrededor y que tienen aplicaciones en nuestra vida cotidiana como por ejemplo la posibilidad de que exista la radiodifusión a través de dispositivos como el blutthoot o las comunicaciones por celular y vía satélite.

Pero el hallazgo más importante de Maxwell fue el de que la luz es también una onda electromagnética. En esos años, se creía todavía que existía un éter, una especie de sopa viscosa que permeaba todo el Universo y que hacía que todo funcionara mecánicamente y a la perfección. Mediante este éter, pensaban los científicos de ese entonces, también tenia que viajar la luz y cualquier tipo de onda electromagnética. Pero fue Albert Einstein, a través de su famosa Teoría Especial de la Relatividad de 1905, quien planteó la idea de que el éter inmutable del que se venía hablando, no podía coincidir con los marcos de referencia relativos al observador; así que la noción del éter fue desechada. Fue entonces cuando se dijo que la luz y las ondas electromagnética se podían propagar en el vacío. En otras palabras: no se necesitaba de un medio, de un marco de referencia absoluto, para que los campos electromagnéticos se pudieran propagar.

La niñez de Maxwell fue un poco distinta a la de los niños de su edad ya que su madre, advirtiendo su gran potencial -Maxwell siempre se interesó sobre cómo funcionaban las cosas: cerraduras, llaves y puertas- lo educó personalmente. Según cuentan, a los ocho años era capaz de recitar de memoria pasajes del poeta y ensayista inglés Milton y de decir de memoria el Salmo 19 compuesto por 176 versos.

Pero la madre de Maxwell fue diagnosticada de cáncer abdominal y poco tiempo después murió, por lo que la educación del pequeño genio estuvo a cargo de su padre y de una tía. Esto fue en 1839.

Su educación formal comenzó de forma poco exitosa, siendo un chico de 16 años quien comenzó a darle clases. Viendo que Maxwell no era el mejor alumno, su padre lo envió a la prestigiosa Academia de Edimburgo, pero tampoco encajó. Ya tenía diez años y sus compañeros le apoderan Dafty que quiere decir infeliz. Pero en esta escuela conoció Lewis Campbell y a Peter Guthrie Tait (el primero lo ayudaría a publicar sus poemas en la edad adulta) quienes lo sacaron de su aislamiento.

A los 14 años Maxwell escribiría su primer artículo científico y nunca se interesó mucho por las calificaciones en la escuela. A los 13 años ganó la medalla escolar de matemáticas y el primer premio en inglés y poesía.

Fue en 1847, a la corta edad de 16 años, cuando entró a clases en la Universidad de Edimburgo. Las materias que se impartían allí le resultaron tan aburridas, que se daba tiempo, en sus ratos libres, de realizar experimentos con materiales químicos, eléctricos y magnéticos que el mismo improvisaba. Gracias a su creatividad, a su capacidad de experimentar por su cuenta y romper las reglas establecidas, pudo descubrir la fotoelasticidad, con la cual hoy se determina la distribución de la tensión en las estructuras físicas.

En la edad adulta se interesó en la percepción del color tanto desde el punto de vista físico como psicológico y, durante una conferencia en la Real Institución de Londres, en 1861, Maxwell presentó la primera fotografía en color. También se dedicó a escribir poesía y, por raro que parezca en un científico, era creyente, concretamente, evangélico.

En el ámbito de la astronomía, también se le atribuye haber demostrado que los anillos de Saturno están formados por numerosas partículas pequeñas que más adelante se supo que eran fragmentos de hielo, los cuales se mantienen unidos por el gran campo gravitatorio que genera el planeta. Estos fragmentos de hielo podría ser algún satélite natural que tuvo Saturno en el pasado y que por alguna razón se rompió en millones de pedazos.

Creo que los avances en física y en las ciencias en general, no solamente se sostienen por números fríos y racionales, sin ningún vínculo emocional, sino que, al contrario: la empresa científica se fundamenta en una mezcla de creatividad en donde interviene la intuición y el hecho de romper las reglas con lo establecido a partir de ese impulso instintivo que es la curiosidad y que muchas veces se va agotando conforme envejecemos porque no es que no seamos menos creativos, sino que las reglas impuestas por la sociedad van corroyendo ese impulso hasta agotarlo (no en todos los casos). Curiosidad que, tal vez, hemos aprendido y desarrollado como una forma de sobrevivir al entorno hostil en el que vivieron nuestros antepasados. Como una manera de perpetuar la especie a través de realizar cambios progresivos, paso a paso, en nuestro entorno. La inteligencia podría ser el producto del “hambre” que tenemos por conocer, de preguntarnos por qué suceden los fenómenos más simples y elementales como la caída de un rayo o por qué el agua tiene el aspecto que tiene, o por que sale y se mete el Sol, etc. En otros tiempos estos fenómenos eran atribuidos a una deidad que nos castigaba y nos recriminaba pero, desde que el pensamiento fue más sistemático, más racional, a estos fenómenos se les atribuye una causa que nosotros debemos de descifrar a partir de un método. Llegado a este punto muchos de ustedes se preguntarán si fue la inteligencia la que nos dio la curiosidad o si por el contrario fue la curiosidad lo que nos abrió las puertas a una inteligencia más desarrollada. Por el momento nadie puede contestar a esta pregunta porque no existen mecanismos científicos ni antropológicos para responderla. Lo que es un hecho es que nuestra inteligencia, además de ayudarnos a crear, también nos está autodestruyendo y está en nosotros como especie decidir qué camino queremos tomar: el de la creación o el de la autodestrucción.

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