Las estrellas: ¿también nacen y mueren? (2da parte)

En este sentido, el universo está formado por dos grandes familias de estrellas, las cuales se diferencian unas de otras a partir de su tamaño, de su color y su temperatura.

Dentro de la gran familia estelar podemos encontrar así a aquellas estrellas gigantes -talas como las supernovas-, que se forman a partir de la explosión de otras estrellas más pequeñas como nuestro Sol. Asimismo, tenemos astros como las “enanas blancas”, cuyas partículas están tan comprimidas y apiñadas, que su tamaño es similar al de un cambo de fútbol o de un gran edificio, pero que su densidad es tan alta que ese gran edificio o campo de fútbol pea aún más que la Tierra misma (nótese la diferencia proporcional en cuanto al peso).

Pero la diferencia sustancial entre enanas blancas y supernovas, a parte del peso y del tamaño, radica en la cantidad de luz, color y temperatura que emiten.

Mientras las supernovas son de color rojizo, poseen altas temperaturas y emiten una gran cantidad de energía calorífica (fotones de luz), las enanas blancas se caracterizan por tener bajas temperaturas, por ser frías, e irradiar una mínima cantidad de fotones.

Imaginémonos ahora en un escenario en el que nuestro Sol se convirtiese en una enana blanca o en una Supernova. En el primer caso, seguramente nos congelaríamos mientras que, en el segundo, arderíamos como en el peor de los infiernos jamás imaginados.

Afortunadamente, y según lo pronosticado por los astrónomos, faltan varios miles de años, aproximadamente cinco mil millones, para que el Sol agote todo su combustible y se apague. Tal vez para esas fechas la especie humana habrá conquistado y habitado ya otros planetas del Sistema Solar que le permitan sobrevivir a la catástrofe. Posiblemente, escenifiquemos un futuro prometedor, esas civilizaciones observen con añoranza y tristeza, y a la vez con regocijo, su capacidad tecnológica para conquistar otros mundos, dejando atrás a aquel astro al que llamaron Sol, y aquel planeta azul al que sus primitivos ancestros llamaron Tierra.

Por otro lado, las dudas en torno a lo que sucede con aquellas estrellas “enanas blancas”, luego de que les termina el combustible, fueron develadas durante los años veinte por un astrónomo de origen indio: Subrahmanayan Chandreskar, quien, en 1928, viajó a Inglaterra – a la prestigiosa Universidad de Cambridge- para continuar sus estudios al lado de otro gran astrónomo de la época llamado Arthur Eddington, un experto en Relatividad General y precursor de las teorías sobre los procesos estelares.

Tal vez la gran aportación de Chandreskar al mundo de las estrellas tenga que ver con el hecho de poner en tela de juicio al famoso principio de exclusión de Paoli, como ya habíamos señalado en la primera parte de esta columna, que afirma que las partículas, más allá de un determinado estado de densidad y temperatura, no colapsan ni se destruyen.

Así, el límite impuesto por el astrónomo indio -más tarde llamado “límite de Chandreskar”- afirma que estrellas que poseen una masa menor a dicho límite pueden finalmente cesas de contraerse y estabilizarse en un posible estado final llamado “estrellas enanas blancas” o “estrellas de neutrones”.

Por el contrario, y en el caso de que un astro posea una masa mayor a dicho límite, la estrella se colapsaría en un estado de densidad tan infinita que por antonomasia violaría el principio de exclusión impuesto por Paoli. En dicho estado de densidad infinita, las partículas de la estrella generarán un intenso campo gravitatorio impidiendo que la propia luz, que viaja a trescientos mil kilómetros por segundo, pueda sobrevivir y escapar.

Cuando ni la mismísima luz puede escapar de la superficie de una estrella se dice entonces que se ha formado un agujero negro: una región tan densa en el espacio-tiempo capaz de devorar toda la materia y la energía que encuentra a su alrededor.

Los agujeros negros son, pues, producto de aquellas estrellas que han roto los paradigmas de las leyes de la física, acercándose cada vez más a las incertidumbres de improbabilidad de la física cuántica, en donde las partículas se encuentran en un estado tal de desorden, que el equilibrio entre las partículas del interior de una estrella, en contraste con la fuerza de gravedad que la trata de oprimir, se rompe.

A la fecha ha sido imposible observar directamente agujeros negros. Su existencia se reduce, simplemente, a una serie de suposiciones teóricas, matemáticas comprobadas, que explicarían qué sucede con aquellas estrellas que, en particular, pierden su estabilidad luego de se les termina el combustible.

En honor al trabajo de Chandreskar, y con el fin de comprobar la existencia de estos misteriosos agujeros, la NASA lanzó al espacio una sonda de nombre Chandra, cuya misión consiste en analizar la emisión de Rayos X en ciertas regiones del universo. La emisión de estos rayos está asociada con aquellas estrellas que producen grandes cantidades de energía en una región específica del espectro electromagnético, tales como las enanas blancas, que en un futuro podrían convertirse en agujeros negros.

Uno de los retos para la física que se practica en este siglo, es el de comprobar empíricamente la existencia de dichas aspiradoras gigantes. Tal vez comprendiendo su naturaleza, y los procesos caóticos y de incertidumbre que rigen a todas las partículas del universo, al microcosmos, podremos develar misterios tan sorprendentes que expliquen no únicamente el origen y evolución de las estrellas, sino también, cuáles son aquellos procesos físicos que intervinieron en el origen de nuestro universo hace unos 13,700 millones de años.

Si los arquéologos del universo no develan jamás estos misterios (esto podría suceder), cabría preguntarse si se estaría llegando entonces al fin de una era científica, en donde los métodos explicar empíricamente los fenómenos y las leyes que rigen a la naturaleza, resultarían apócrifos y caducos para comprender la complejidad y el caos que rigen el universo.

Si la ciencia llegara a un límite para deducir y comprender ¿transcurriremos entonces por una etapa de la historia humana en donde se termine el conocimiento del complejo universo?

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