La sonda Kepler y la búsqueda de planetas como la Tierra

Recreación de la Sonda Kepler de la NASA.

por Julio García.

El 6 de Marzo de 2010, ya hace casi un año, la NASA lanzó al espacio a la sonda Kepler, cuyo objetivo principal es buscar planetas similares a la Tierra. En los primeros 43 días de exploración, que se ha centrado en apuntar los ojos hacia las constelaciones de Cygnus y Lyra, este sofisticado laboratorio encontró con éxito cinco planetas (Kepler 4b, 5b, 6b, 7b y 8b) que, aunque no tienen características similares a la Tierra en cuanto a tamaño (el más pequeño de ellos, llamado Kepler 4b, es similar a Neptuno), sí abre la esperanza de encontrar planetas que tengan características similares al nuestro: al menos que tengan una atmósfera con las condiciones químicas necesarias para que la vida se pueda desarrollar y que dicho cuerpo esté en la llamada “zona de habitabilidad”, que no es otra cosa que una región imaginaria donde la vida tiene más probabilidades de surgir, a partir de ciertas condiciones donde los referentes se establecen a partir de las condiciones de temperatura que hay en nuestro propio planeta; una zona que permita que las cadenas moleculares del agua se formen (un tipo de planeta que de esta manera no esté muy cerca de su estrella), pero que tampoco esté muy lejos para impedir que un exceso de bajas temperaturas obstaculice la síntesis molecular, no solamente del agua, si no de otros químicos más complejos como el carbono , por ejemplo.

Ahora bien: ¿de qué dependerá que la sonda Kepler encuentre planetas similares al nuestro?, ¿posee la suficiente capacidad para ello pese a que desde mediados de los años 90 se buscan mundos como la Tierra a través del uso de diferentes técnicas de análisis?

La técnica más socorrida, y tal vez la que mayores éxitos ha cosechado se llama de tránsito, y consiste en medir la curvatura de la luz cuando un planeta pasa justo enfrente de la estrella que la hospeda. Luego, un instrumento llamado fotómetro, que se encuentra a bordo de la sonda, es el encargado de medir la variación en la intensidad de luz durante este tránsito. Cuando hay esta variación en la intensidad de la luz, entonces las probabilidades de que exista cerca de ese astro un nuevo planeta se vuelven altas, pero, para estar absolutamente seguros de que lo detectado es un planeta orbitando otra estrella, y no otra cosa, los científicos recurren a observar varias veces este tránsito, para así descartar y evitar posibles errores.

Otro de los retos para la tecnología actual, es que, cada vez, se requieren de instrumentos más sensible para poder observar dicho tránsito, no solamente porque nosotros, los observadores, estamos muy lejos de esos sistemas solares (que se encuentran a años luz de distancia), sino porque, entre más pequeño es un planeta, dicha curvatura de la luz, dicho efecto de tránsito, es menos evidente. De hecho, para los observatorios que están en la Tierra, y que se dedican a buscar planetas, como los telescopios gemelos Keck en Chile, es imposible encontrar mundos del tamaño del nuestro debido a que la atmósfera de la Tierra genera una interferencia al refractar los rayos de luz que provienen de las estrellas, provocando un parpadeo o “tintineo” al que todos estamos acostumbrados cuando observamos el cielo por las noches. Afortunadamente tal efecto de parpadeo no se produce cuando montamos un observatorio en el espacio, lejos de las interferencias visuales que provoca la atmósfera de nuestro planeta.

Ahora bien: desenmascarar planetas y cazarlos, no es lo mismo que describirlos y analizarlos en profundidad, ya que, para esto último, es necesario recurrir a un instrumento llamado espectrógrafo, que tiene el encanto de conocer la composición química de un elemento u objeto a partir del estudio de la luz, de las ondas electromagnéticas que provienen de este. Si Kepler detectara un planeta similar a la Tierra, tendría entonces un doble reto: corroborar que ese planeta realmente está ahí y analizar posteriormente su espectro electromagnético para conocer de qué está compuesto (si ahí existen los elementos químicos necesarios que puedan dar lugar a formas de vida tal y como los seres humanos concebimos a la vida, por supuesto).

Por otro lado, los ojos de esta sonda también son limitados: solamente puede buscar planetas en un rango que va desde los 600 a los 3000 años luz, y un dato curioso es que menos del 1 por ciento de las estrellas que Kepler analiza está a menos de 600 años luz, por lo que su rango de búsqueda se reduce a tan solo 2,400 años luz.

Distancia, en años luz, del área que cubre la búsqueda de planetas como la Tierra por la sonda Kepler

El 29 de septiembre de 2010, y utilizando el telescopio Keck del Observatorio de la Silla en Chile, un equipo de astrónomos encabezados por el famoso cazador de planetas Steven Vogt,  dijeron haber descubierto, en la constelación de Libra y a 20 años luz de distancia, un planeta casi del tamaño de la Tierra, unas tres o cuatro veces mayor que el nuestro, hoy llamado Gliese 581g, que supuestamente pertenece a un sistema formado por otros cuatro planetas previamente descubiertos, llamado Gliese. Y digo supuestamente porque a partir del anuncio del equipo de Vogt,, otro destacado grupo de astrónomos negaron, con sus propios datos, la existencia de dicho planeta, y, a fecha de hoy, se sigue debatiendo si Gliese 581 g realmente existe o no. Y tal hecho nos pone de frente ante el problema de lo importante que es corroborar en ciencia y de saber contrastar los datos: ya sea los datos propios o comparar los datos que presente otro equipo de investigadores. En otras palabras: que si la existencia de un planeta cuatro veces mayor que la Tierra se pone en cuestión, como lo es Gliese 581g, entonces habría que preguntarse a qué tipo de incertidumbre y dudas tendrán que enfrentarse los científicos cuando tienen que interpretar datos de aquellos planetas que sean del tamaño de la Tierra o menores.

La instalación en el espacio de observatorios como la sonda Kepler son apenas el principio de la próxima generación de telescopios, más sensibles y más potentes, que seguramente serán capaces de decirnos que existen otros planetas como el nuestro y que, probablemente, no estamos tan solos en el universo como creemos. Recordemos que existe una ley de Moore para los transistores que afirma que, cada 18 meses se duplica el número de transistores en un circuito. Si esta ley de Moore la aplicáramos a la tecnología empleada para construir observatorios más potentes, seguramente veremos que los avances siempre estarán ahí, a lo mejor no en 18 meses, pero siempre estarán presentes.

Noticias relacionadas: La existencia del planeta Gliese 581g a debate.

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