La ecuación de Drake y la búsqueda de vida inteligente

por Julio García.

La posibilidad de encontrar vida en otros planetas, específicamente vida inteligente como la nuestra, es una curiosidad que se aloja en la mente de la mayoría de los seres humanos. Mientras que algunos individuos se han dejado llevar por la superchería, creyendo que seres de otros planetas nos visitan y que hasta han sido capaces de comunicarse con los de nuestra especie mediante abducciones, la ciencia, y los instrumentos que le sirven, ha tomado un camino mucho más racional para responder a las siguientes interrogantes: ¿Realmente estamos solos en el Universo? ¿Es posible que otras civilizaciones utilicen las ondas de radio, como nosotros lo hacemos, para comunicarse? ¿Este tipo de comunicación, si es que la hay, es parecida o dista mucho de ser como la nuestra?

En 1961 el astrónomo estadounidense Francis Drake, hoy profesor emérito de la Universidad de California y fundador del proyecto SETI junto con Carl Sagan, presentó en una importante conferencia en West Bank, Virginia, una ecuación, hoy conocida como Ecuación de Drake, con el objeto de determinar, a través de ciertos valores numéricos específicos, las posibilidades de encontrar vida inteligente en otros planetas alojados en nuestra galaxia, la Vía Láctea.

La ecuación está conformada por los siguientes valores:
N=R* X fp X ne X fl X Fi X Fc X L, valores que, aunque parezcan muy complejos para su interpretación, nos dicen simplemente que:

N= Número de civilizaciones tecnológicamente avanzadas.

R= Número total de estrellas en la vía Láctea (nuestra galaxia).

fp= Número de estrellas que poseen sistemas planetarios.

ne= Número de planetas apropiados para la vida, por cada sistema planetario.

fl= La fracción de esos planetas donde se puede desarrollar vida.

fc= La fracción de esos planetas capaces de comunicarse mediante señales de radio.

L= La fracción de tiempo de vida del planeta durante el cual vive una civilización determinada.

Si analizamos algunas de las variables que conforman la ecuación, veremos que la mayoría de estas no han sido respondidas aún. En este sentido, tenemos un valor aproximado respecto al número total de estrellas que conforman a la Vía Láctea; estamos por determinar, aunque todavía falta mucho por descubrir en este campo, el número de estrellas que contienen sistemas planetarios y, desconocemos en su totalidad, cuáles de estos planetas pueden tener las condiciones óptimas para albergar vida (una atmósfera apropiada, una órbita estable y la distancia necesaria con respecto a su estrella para que dicho planeta no sea ni tan caliente ni tan frío, entre otras características).

Evidentemente, el reto para las futuras generaciones de científicos será conocer el número de civilizaciones tecnológicamente avanzadas que tengan la capacidad de comunicarse con nosotros a través de ondas electromagnéticas, que a su vez el objetivo de la ecuación planteada.

¿Por qué a través de ondas de radio y no de otra manera? Porque los seres humanos asumimos, tal vez erróneamente, que las ondas electromagnéticas son el único recurso que poseemos para comunicarnos a grandes distancias, a la velocidad de la luz, y porque dicha energía está presente en todo el Universo, por tanto damos por hecho que una civilización tecnológicamente avanzada tendría que comunicarse forzosamente a través de este recurso.

Bajo esta misma lógica, Frank Drake y otros astrónomos como Carl Sagan, apasionados con la búsqueda de vida en otros planetas, comenzaron a cocinar en aquellos años sesenta el Proyecto Ozma, que consistió en buscar señales radiales en las estrellas Tau Ceti y Epsilon Eridani mediante un radiotelescopio de 26 metros de diámetro ubicado en West Bank, en el estado de Virginia. Pese a que desafortunadamente no encontraron ninguna señal interesante, esta idea derivó en la creación del proyecto Search for Extraterrestrial Intelligence o SETI, por sus siglas en inglés, el cual hoy cuenta con miles de voluntarios en todo el mundo que, desde cualquier computadora casera, y mediante un software previamente descargado gratuitamente por internet, pueden interpretar los datos que son captados por el radiotelescopio de Arecibo, Puerto Rico, el cual cuenta con un “plato” que mide 305 metros de diámetro y que es mucho más grande que aquel radiotelescopio de 26 metros empleado en los orígenes del proyecto.

El Instituto SETI, como se le conoce actualmente, recibe el apoyo de instituciones públicas como la NASA o la National Science Foundation, así como de organismos y empresas privadas como Hewlett Packard y la fundación que preside Paul Allen, co fundador de Microsoft, quien en este momento está concentrado en la puesta en marcha del Allen Telescope Array, que consiste básicamente en unir, mediante cables de fibra óptica, 350 radiotelescopios de 6 metros de diámetro cada uno con el fin de sondear un mayor número de radio frecuencias, y por consiguiente un mayor número de estrellas, para determinar si en alguna de ellas es posible reconocer alguna señal que pueda dar indicios de vida inteligente. Algunas fuentes señalan que el Allen Array Telescope será capaz de capturar y analizar, en los próximos 25 años, mil veces más información de la que ha capturado y aportado el SETI en sus más de 45 años de existencia.

Ahora bien, ¿cuánto tiempo más tendremos que esperar para reconocer que una señal de tipo radial es producto de la inteligencia de otra civilización? Eso nadie lo sabe ni es capaz de predecirlo. Lo que si damos por hecho es que tal mensaje tendría que ser enviado en un lenguaje universal como el de las matemáticas para que nosotros lo podamos decodificar, o bien a través de otros patrones de comunicación todavía desconocidos para nosotros. Si tales patrones y códigos de comunicación hasta ahora desconocidos ya han viajado por el océano cósmico hasta nosotros, ¿en donde están?, ¿habrán llegado ya y nosotros aún no hemos sido capaces de descifrarlos, o peor aún, aún no somos conscientes de que esas señales están ahí?

Lo que sí es muy cierto es que hasta la fecha el único recurso con el que contamos para reconocer o captar algún tipo de señal extraterrestre son los radiotelescopios y la posibilidad de sondear el firmamento con otros instrumentos para determinar en cuantos sistemas solares se pueden alojar planetas como el nuestro.

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