De cómo Dios juega a los dados: la revolución cuántica

por Julio García.

La semana pasada nos referíamos en este mismo espacio a la revolución
que experimentó la física a principios del siglo XX, y que, indudablemente dio luz para entender la realidad desde una nueva perspectiva.

También decíamos que, una de las transformaciones más evidentes se dio en cuanto a la comprensión del microcosmos: aquel mundo que no podemos palpar ni observar directamente, pero que indudablemente nos determina porque en ese mundo de lo infinitamente pequeño se encuentran los ladrillos fundamentales que le dan sentido a nuestra existencia, los átomos y las partículas subatómicas.

Albert Einstein y Marx Planck (ambos de origen alemán), fueron los artífices de esta revolución del pensamiento que dejó una huella indeleble en el ámbito filosófico e intelectual de la época. Una tiempo que estuvo marcado por conflictos bélicos en una Europa que comenzaba a convulsionarse, a desgarrarse internamente, por el odio racial hacia los judíos y que orilló a Einstein y a muchos otros físicos e intelectuales a emigrar hacia los Estados Unidos en 1932.

Sin embargo, ligar la revolución cuántica únicamente con Einstein y Planck resultaría imperdonable, ya que, esta revolución, continúa presente hoy en día, de tal suerte que sería necesario referirse a personajes como Werner Heisenberg (1901-1976), para tratar de comprender con más detalle qué es lo que realmente está escondido, cuales son los misterios intrínsecos del mundo subatómico.

A Heisenbeg, también de origen alemán, y quien fungió como director del Instituto de Física y Astrofísica de Gotinga en Alemania, por cierto, se le atribuye aquella conocida frase que dice que “no se puede medir al mismo tiempo la velocidad y la posición de una partícula en un mismo momento”, que significa que cuando tratamos de determinar alguno de estos dos factores, y que son el principio para localizar partículas en el espacio y el tiempo desde el punto de vista de la mecánica clásica y determinista, desconocemos el factor adyacente, es decir: cuando determinamos la velocidad a la que viaja una partícula, desconocemos entonces su posición, y viceversa, como si el mundo subatómico se empeñara siempre en hacer pasar un mal rato a aquellos obsesionados observadores.

A este comportamiento de indeterminación cuántica intrínseco en la naturaleza se le conoce como principio de incertidumbre el cual fue propuesto por Heisenberg. Pero ahora se preguntarán: ¿Incertidumbre en qué o de qué? Evidentemente incertidumbre a la hora de conocer las medidas de estos dos factores mencionados, la velocidad y la posición de una partícula, pero el concepto en sí mismo nos lleva a plantearnos otra pregunta aún más compleja: ¿Es posible que nunca logremos, mediante la lógica y la razón humana que le dan sentido al método científico, poder desenmarañar y comprender en profundidad estos principios esquivos con que se manifiesta la naturaleza?

Hace no muchos años nadie concebía en su cabeza la idea de que el universo se expande y que tuviese un principio, de que en el centro de las galaxias existiesen inmensos agujeros negros devoradores de estrellas. Tampoco se pensaba que los átomos fueran los constituyentes de la materia, ni que existiesen partículas aún más pequeñas como los quarks o los gluones (constituyentes, a su vez, de los átomos).

La falta de proximidad con estos fenómenos mencionados se debió, en su momento, a la ausencia de instrumentos sofisticados (como los potentes telescopios y radiotelescopios con lo que hoy contamos), así como a la carencia de estructuras matemáticas (de teoría) que nos ayudasen a definir qué son los quarks o los gluones, por ejemplo. Pero ahora, creemos, el verdadero problema radica en esa obsesión humana por medir, por entender mediante la razón, lo que intrínsecamente es inmedible e incuantificable. En otras palabras, el método científico ha sido una herramienta valiosísima para revelar fenómenos extraordinarios respecto al comportamiento de la realidad, inclusive para entender el comportamiento humano desde la perspectiva individual y como especie, pero hoy, nuestro método resulta insuficiente para comprender en profundidad el comportamiento cuántico de lo infinitamente pequeño. Será necesario entonces ¿replantear los métodos de observación? o será más bien que ¿el mismo acto de observar y de medir, paradójicamente, implica perder la noción de las cosas como un todo?

Y es que el acto de observar la realidad, de medirla, juzgarla e interpretarla, lleva implícito su propia parcialización, porque cada individuo la interpretará de manera distinta en función de sus experiencias previas o de cómo esté constituía su estructura neuronal.

Desde la perspectiva cuántica, observar a la realidad en partes, dividida, está ligado invariablemente con el acto de medir e interpretar, pese a que más allá de la medida y la interpretación, la naturaleza se manifieste en su estado más puro, más virgen, ajena a los sentidos y la mente humana.

Por otra parte, desde el plano filosófico, han surgido conceptos tales como el de lógica borrosa o lógica difusa, que en la práctica plantea el surgimiento de la computación cuántica, donde una nueva era de máquinas inmensamente más potentes que las actuales, no precisarán del código binario (basado en el lenguaje de los unos y de los ceros) para procesar y generar información. Serían ordenadores más inteligentes porque funcionarían en un estado cuántico, es decir, tendrán la capacidad de procesar datos de manera holística: centrándose en el todo y no en la parte; y muy probablemente serán capaces también de imitar a nuestros cerebros, que en su esencia más profunda trabajan desde una perspectiva cuántica. Tal vez por ello tampoco podremos entendernos a nosotros mismos jamás, ya que nuestra propia lógica tendría que seguir el tipo de esquema de pensamiento difuso, el de la lógica borrosa, de cómo Dios juega a los dados.

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