¿Cómo nacen y mueren las estrellas /I

por Julio García.

Es una verdad incuestionable que todo proceso vital lleva consigo un principio y un final, donde las leyes de la naturaleza se encargan de regir los mecanismos biológicos que provocan que la finitud de los seres vivientes sea algo prácticamente inevitable. Esta finitud, estos bordes y límites que caracterizan a estos mecanismos naturales, también rigen al mundo inanimado, particularmente al de las estrellas.

El funcionamiento de todos los astros conocidos, incluyendo al Sol, puede ser equiparado con el funcionamiento de una caldera donde se necesita una determinada cantidad de combustible para producir calor. En el caso de las estrellas, el proceso es un tanto más complejo, ya que intervienen, además de principios termodinámicos, procesos radioactivos en un escenario donde la gravedad juega un papel decisivo para encender las inmensas calderas del universo.

Pero, ¿cómo es que las estrellas obtienen su combustible? O bien: ¿cómo es que se mantienen por inmensos periodos de tiempo, por millones de años, encendidas?

Así como el ADN representa para los humanos la piedra angular para producir moléculas complejas, las estrellas se sirven de compuestos químicos como el hidrógeno y el helio para producir calor y mantenerse “vivas”. El hidrógeno está presente en el universo en grandes proporciones, ya que representa el 75% del total de todos los elementos químicos, mientras que, el helio, un gas también, es considerado como el segundo elemento más abundante, de tal suerte que con la ausencia de alguno de estos dos componentes, hubiese sido imposible la formación de elementos químicos aún más pesados y estables, como las rocas y los metales que dieron lugar a la posterior formación del sistema solar y de planetas como el nuestro.

Hoy se sabe que inmensas nubes moleculares, compuestas principalmente de hidrógeno (90%) y helio (9%), contribuyeron de manera decisiva en la formación estelar, tiempo después de que el universo comenzara a enfriarse luego de aquella gran explosión que le dio origen, hace aproximadamente 13,700 millones de años. ¿Pero cómo concebir que a partir de simples nubes moleculares de hidrógeno y helio surgieran cuerpos tan majestuosos como las estrellas?

Una de las explicaciones más plausibles para comprender esto, proviene de los efectos de atracción que ejerce la gravedad sobre los átomos y la materia. Esto es que, gracias a la fuerza de gravedad, aquellas nubes moleculares comenzaron a generar procesos radiactivos suficientemente poderosos para convertir hidrógeno en helio, que devino en un ciclo irreversible donde el helio, derivado del hidrógeno, y debido a las altas temperaturas que en aquellas nubes moleculares se iban presentando gradualmente, iba convirtiendo a este helio recién formado en elementos químicos aún más pesados, dando lugar a la formación de todos los elementos de la tabla periódica y aquellos otros que son esenciales para la vida como el oxígeno. En suma: las estrellas pueden ser equiparadas con grandes fábricas, con inmensas calderas, donde se forman y sintetizan todos los elementos químicos del universo, con excepción del hidrógeno (que es un elemento primordial), y una parte del helio que, se cree, también presenció los primeros instantes del universo, antes de que los primeros astros se formasen.

También es importante mencionar que una de las etapas decisivas para la producción de estrellas, sucede cuando la fuerza de gravedad comienza a incidir, a actuar directamente sobre los átomos de hidrógenos que se encuentran presente en una nube molecular, dando lugar a que ésta nube, llamada protoestrella, colapse sobre sí misma para comenzar el ciclo interminable de combustión de hidrógeno. En suma: cuando una estrella comienza a formarse, lo que en realidad sucede es que la fuerza de gravedad se vuelve más intensa en comparación con la energía térmica (calorífica) que caracteriza a una nube molecular.

Posteriormente, el astro en cuestión tendrá que encontrar su propio “equilibro interno” o su secuencia principal, fenómeno que se evidencia cuando la estrella es capaz de contrarrestar, a través de las reacciones nucleares internas, la presión que ejerce (hacia adentro) la gravedad. En otras palabras, el equilibro se da cuando la lucha entre presión hacia dentro (gravedad) y presión hacia afuera(reacciones termonucleares en el interior de la estrella), encuentran un punto medio donde ninguno de los dos tipos de fuerza salen victoriosas. Y de este equilibro interno, dependerá, evidentemente, la vida de una estrella, de la cantidad de tiempo (en términos de millones de años), que puede irradiar energía y tal, vez, por qué no, formar planetas como la Tierra y seres capaces de plantearse estas y muchas interrogantes más. O como alguna vez lo dijera el ya fallecido astrónomo Carl Sagan: “Somos polvo de estrellas”.

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