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La depresión podría ser un subproducto de la evolución del sistema inmunológico

No cabe la menor duda de que la depresión es una enfermedad muy común que afecta a 1 de cada 10 adultos en los Estados Unidos y que, su origen, tenga que ver en la manera en que está “cableado” nuestro cerebro. Esta idea ha llevado a a un puñado de científicos a proponer muchas teorías para dar cuenta sobre cómo la depresión, o comportamientos relacionados con ésta, pueden ofrecernos, de alguna manera, una ventaja evolutiva.

Algunas propuestas previas sobre el rol que juega la depresión en la evolución, se han centrado en cómo ésta enfermedad afecta el comportamiento en un contexto social. Y un par de psiquiatras abordan este rompecabezas de diferente manera, ligando depresión y resistencia a la enfermedad. Ellos proponen que variaciones genéticas que promueven la depresión surgieron durante la evolución porque ayudaban a nuestros ancestros a combatir infecciones.

Un esbozo de la propuesta ha aparecido -en internet- en la revista Psiquiatría Molecular.

Los coautores del estudio son Andrew Miller (profesor de Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento de la Universidad de Emory) y William Timmie (director de Psiquiatría Oncológica del Instituto del Cáncer Winship).

“Muchas de las variaciones genéticas que han sido ligadas con la depresión, hacen estragos y afectan al sistema inmunológico”, ha dicho Miller, quien también ha comentado que “ésto nos lleva a replantearnos sobre el por qué la depresión parece estar integrada en el genoma humano”.

Por décadas, los científicos han visto una estrecha relación entre depresión e inflamación (o sobre activación del sistema inmunológico). La gente con depresión suele tener mayores niveles de inflamación aún si su organismo no está combatiendo ninguna infección. Sin embargo, altos niveles en las marcas de inflamación no son una consecuencia inevitable de depresión.

“La idea básica es que la depresión y los genes que la promueven sirvieron para ayudar a las personas a adaptarse con mayor facilidad y no morir por infección en los ambientes ancestrales (especialmente los niños), incluso si esas mismas conductas no nos ayudan en nuestras relaciones con otras personas”, afirma Raison.

Las infecciones fueron la mayor causa de muerte en los primeros años de la historia humana, por lo que sobrevivir a infecciones fue determinante en lo que respecta al paso de los genes de padres a hijos. Evidentemente, si un individuo moría, no podía dejar descendencia ni transmitir su información genética. En este sentido, los autores proponen también que la evolución y la genética han estado unidos en lo que respecta a los síntomas depresivos y a las respuestas psicológicas que fueron seleccionadas sobre la base de la reducción de la mortalidad por infección. Fiebre, fatiga, inactividad, aislamiento social y anorexia podrían ser considerados como comportamientos adaptativos para contener infecciones.

La teoría ofrece, además, una nueva explicación sobre por qué el estrés es un factor de riesgo para la depresión. La relación que existe entre estrés y depresión se puede ver como el subproducto de un proceso que pre-activa el sistema inmunológico en anticipación a una herida o lesión. En particular, la presencia de biomarcadores para la inflamación podrían permitir saber si alguien responderá a varios tratamientos contra la depresión.

De manera similar, un trastorno en los patrones de sueño puede verse tanto en los transtornos de comportamiento o de ánimo y cuando el sistema inmunológico está activado. Todo esto es un legado de nuestros ancestros, ante la necesidad de estar alerta para defenderse de los depredadores después de una herida.

Actualmente Miller y Raison están involucrados en una investigación que pretende determinar si ciertos medicamentos, que normalmente son utilizados para tratar enfermedades del sistema inmunológico, pueden ser efectivos con aquellas depresiones que son resistentes a los tratamientos.

TRADUCCIÓN Y EDICIÓN DE Julio García.

FUENTE: www.medicalexpress.com

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La NASA descubre los primeros planetas del tamaño de la Tierra fuera de nuestro Sistema Solar

Recreación artística del planeta Kepler-20e, el que más se le parece a Venus en tamaño

La misión Kepler de la NASA ha descubierto los primeros planetas similares a la Tierra en cuanto a tamaño se refiere. Los planetas han sido bautizados como Kepler-20e y Kepler-20f, y, debido a que se encuentran tan cerca de su estrella -lejos de la zona llamada de “habitabilidad” donde el agua líquida podría existir- no es probable que la vida se pueda desarrollar en ellos. Sin embargo, ahora son considerados como los exoplanetas más pequeños hasta ahora descubiertos.

El hallazgo ha marcado un nuevo hito en lo que se refiere a la búsqueda de planetas similares a la Tierra hasta ahora encontrados, ya que tanto Kepler-20e como Kepler-20f son planetas rocosos, aunque Kepler-20e es un poco más pequeño que Venus. Por su parte, Kepler-20f es un poco más grande que la Tierra y ambos residen en un sistema de cinco planetas llamado Kepler-20, que se encuentra apróximadamente a unos 1000 años luz de nuestro Sistema Solar en la constelación de Lira.

Kepler 20-e orbita su estrella cada 6 días y Kepler 20-f lo hace cada 19 días. Estos cortos periodos orbitales hacen que ambos planetas sean muy calientes e inhóspitos, de tal suerte que Kepler-20f, cuya temperatura alcanza los 400 grados centígrados, tiene una órbita muy parecida a la de Mercurio que hace que el día transcurra por igual en ambos planetas.

La temperatura de la superficie de Kepler 20-e, por su parte, alcanza los 760 grados centígrados. Y es tan alta que podría fundir un vaso de vidrio.

“El objetivo más importante de la misión Kepler es la de encontrar planetas similares a la Tierra en la zona de habitabilidad planetaria”, ha dicho Francois Fressin, del Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics en Cambridge, Massachusetts, y quien además es uno de los autores de un nuevo estudio publicado en la revista Nature.

“El descubrimiento demuestra por primera vez que planetas del tamaño de la Tierra existen fuera del Sistema Solar y que nosotros somos capaces de detectarlos”, ha puntualizado también.

Cuadro compartivo de los planetas descubiertos con algunos planetas de nuestro Sistema Solar /Fuente: NASA

Como ya hemos señalado, el sistema Kepler-20 incluye otros tres planetas que son más grandes que la Tierra pero que son más pequeños que Neptuno. Kepler-20b -por ejemplo- es el que se encuentra más cercano a su estrella, mientras que Kepler-20c -el tercer planeta- y Kepler 20d, el quinto, tienen un periodo orbital alrededor de su estrella de 3.7, 10.9 y 77.6 días, respectivamente. Además hay que puntualizar que la estrella que los hospeda pertenece a la clase G, que es la misma clasificación a la que pertenece nuestro propio planeta, aunque ésta es un poco más pequeña que el Sol.

Por otro lado, este sistema tiene una disposición muy poco convencional, ya que en nuestro propio sistema solar, por ejemplo, los planetas rocosos y pequeños orbitan cerca del Sol y los planetas gigantes y gasesos orbitan más lejos, de tal manera que, y en comparación, los planetas de Kepler-20 están distribuídos de manera aleatoria y desorganizada por tamaños: pequeño, grande, pequeño, grande…

“Los datos de la sonda Kepler nos muestran que algunos sistemas planetarios tienen una estructura muy diferente de la que se puede apreciar en nuestro propio Sistema Solar”, ha señalado Jack Lissauer, científico planetario y miembro del equipo de la misión Kepler, quien además ha mencionado que “el análisis de los datos de la misión continúan revelando nuevos puntos de vista sobre la diversidad de planetas y sistemas planetarios dentro de nuestra galaxia”.

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Planetas descubiertos por el telescopio Kepler que han sido confirmados como dentro de la zona de habitabilidad /Fuente: NASA

Sin embargo, los científicos no están todavía muy seguros sobre cómo el sistema Kepler-20 evoluciona, pese a estar completamente convencidos de que los planetas del sistema Kepler-20 no se formaron en su ubicación actual. Ellos han teorizado en este sentido que los planetas se formaron lejos de su estrella y que luego emigraron hacia el interior, a través de interacciones con el disco de material del que se originaron, lo que permitió que los planetas mantuvieran su espacio regular u orbital, a pesar de alterar su tamaño.

El telescopio espacial Kepler tiene la capacidad de detectar planetas y “planetas candidatos” mediante la medición de la caída del brillo de más de 150,000 estrellas a través de la búsqueda de cuerpos que se interpongan entre la estrella y el telescopio, de tal manera que el equipo científico del telescopio requiere de al menos tres tránsitos para verificar si una señal corresponde a la del tránsito de un planeta.

Los científicos hacen uso también de telescopios que están en tierra, así como del Telescopio Espacial Splitzer, con la finalidad de revisar y comprobar las observaciones que previamente han sido realizadas por el telescopio Kepler.

Sobre la búsqueda de planetas similares a la Tierra, Natalie Batalha, profesora de astronomía y física de la Universidad Estatal de San José en California, ha comentado que “en el juego cósmico de ocultar y buscar, encontrar planetas con el tamaño y la temperatura justa es sólo cuestión de tiempo”. Y ha agregado que “estamos en el borde de nuestro asientos esperando resultados sorprendentes de la misión Kepler, resultados que están por venir”.

Traducción de Julio García. 

Fuente: NASA discovers first Earth-size planets beyond our Solar System. 

La sonda Voyager presenta una nueva perspectiva del Sistema Solar

por Julio García.

Quienes a principios de los años 70 plantearon la idea de que dos sondas podrían llegar a los confines del Sistema Solar, posibilemente nunca imaginaron que más de treinta años después dichos artilugios de metal, con ordenadores poco sofisticados en comparación con lo que podemos experimentar ahora en cuanto a velocidad de procesamiento, pudieran enviar a la Tierra información tan valiosa que cambiaría para siempre nuestra concepción actual de lo que representa el Sistema al que pertenecemos en el conjunto de la Galaxia: sobre todo al tipo de interacciones que ese tiene con los rayos cósmicos provenientes de otras regiones del universo.

 ¿Por qué decimos ahora que esta concepción de nuestro propio Sistema Solar ha cambiado? Porque, apenas hace unas semanas, la NASA anunció que una de las sondas Voyaguer, que lleva más de 30 años viajando por el Sistema Solar, ha descubierto que existen burbujas magnéticas que se forman a partir del viento solar que nuestro astro rey produce en las profundidades de sus calderas; vientos formados por partículas cargadas de energía que son expelidas violentamente con dirección opuesta a sus ejes polares y que, cuando las partículas de ambos ejes interaccionan, forman ondas que se expanden por todo el Sistema Solar hasta llegar los límites del mismo.

Vieja y nueva representación animada del Sistema Solar

Vieja y nueva representación animada del Sistema Solar

 ¿Pero qué sucede cuando estas ondas magnéticas llegan a estos límites? Resulta que conforme el viento solar se aleja de su fuente de origen, el Sol, su velocidad se hace cada vez más lenta, de tal suerte que cuando estas ondas magnéticas chocan e interactúan directamente con el viento interestelar, el cual está formado por un flujo de átomos y partículas que provienen de estrellas moribundas, se produce un fenómeno nunca antes observado y analizado: las ondas magnéticas del viento solar comienzan a formar “burbujas” producto de esta interacción. Digamos que el viento interestelar hace las veces de una barrera de choque que impide que el viento solar se siga expandiendo, provocando así el fenómeno mencionado.

 A continuación podrán ver un excelente vídeo producido por la NASA, donde se explica más detalladamente este fenómeno: