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El problema del observador en la mecánica cuántica

“A mitad de camino entre la inquebrantable inmensidad cósmica del espacio-tiempo y el incierto y misterioso titilar de los cuantos, los seres humanos, más semejantes a un arcoiris o a un espejismo que a una gota de lluvia o una roca, somo impredecibles poemas que se escriben a sí mismos”. Douglas Hofstadter en “Yo soy un extraño bucle”.

por Julio García.

Uno de los problemas más fascinantes que nos plantea el estudio de la mecánica cuántica, ya sea desde el punto de vista físico o filosófico, tiene que ver con el hecho de que si lo que observamos, ya sea a través de nuestros ojos, o de instrumentos más sofisticados, es real o no.

Desde la perspectiva determinista de la mecánica newtoniana, es posible predecir y calcular con toda certeza el futuro de un conjunto de partículas a partir de su posición y movimiento inicial. Pero esto no sucede así cuando esas partículas, que pueden ser átomos, son analizadas desde los ojos de la mecánica cuántica. ¿Por qué es así? Porque la mecánica cuántica nos dice que tanto la materia, como la energía, tienen un comportamiento ondulatorio y corpuscular, es decir, que si materia y energía son la misma cosa, tal y como lo planteó Einstein con su principio de equivalencia, entonces tanto la materia como la energía poseerán un comportamiento ondulatorio y corpuscular. ¿A qué nos referimos con un comportamiento ondulatorio y corpuscular? A que tanto materia y energía, dependiendo desde la perspectiva que estemos observando, se comportarán como ondas o como partículas.

Ahora bien: ¿por qué insistimos en la perspectiva desde la que estemos observando? Porque , y de acuerdo con el principio de incertidumbre formulado en 1926 por Werner Heisenberg, es imposible medir, observar al mismo tiempo, tanto la posición o la velocidad de una partícula/onda. En otras palabras: si conocemos la posición en la que se ubica un átomo, desconoceremos su velocidad, y viceversa. Lo mismo sucede con partículas aún más pequeñas como el protón, el neutrón y los electrones (hay un universo más pequeño todavía, formado por quarks y gluones).

¿Estamos diciendo con esto que la materia, los átomos y las moléculas de las que estamos compuestos, son en realidad ondas y no partículas como creíamos? Efectivamente: a nivel macroscópico es imposible observar el comportamiento ondulatorio de los átomos y las moléculas, sin embargo, a nivel subatómico sí que es posible. El comportamiento ondulatorio se hace evidente con esta imposibilidad de predecir, de medir y de cuantificar magnitudes tales como velocidad y posición.

En este sentido, ¿por qué en nuestra vida diaria no podemos observar fenómenos ondulatorios?, ¿por qué nuestra taza de café tiene el aspecto que tiene y no otro? Porque la física clásica y determinista, aquella que rige el mundo macroscópico, nos dice que en el universo macroscópico todo puede ser probable y predecible, que el azar y el libre albedrío deben ser descartados porque tenemos la certeza de que las cosas existen y ocupan un lugar a la vez: que todo puede ser medible. En cambio, desde la perspectiva cuántica, las cosas pueden ocupar dos lugares al mismo tiempo y, como ya hemos señalado, nos es imposible predecir. ¿Pero cuál de las dos posturas es más real? ¿el mecanismo de relojería que nos plantea el determinismo newtoniano o lo indeterminable de la mecánica cuántica? Probablemente sea mas real la perspectiva cuántica, porque al fin y al cabo, todos los objetos del mundo macroscópico están formados por átomos; por átomos que colapsan.

También, de acuerdo con la mecánica cuántica, existe una función de onda para todos los átomos del universo. Algunos han llegado más allá y han tratado de predecir el comportamiento del universo como si este fuera en realidad una onda en sí mismo. Algo imposible de predecir porque, como hemos señalado ya, el comportamiento ondulatorio choca con la posibilidad de medir y cuantificar de manera correcta.

Por otro lado, cuando nosotros observamos nuestra taza de café en el escritorio, el solo hecho de observarla, de mirarla, hace que la función de onda de nuestra taza colapse. En otras palabras: cuando miramos la taza, sus átomos dejan de tener un comportamiento ondulatorio y entonces dichos átomos colapsan comportándose como partículas, fenómeno que sucede cuando los fotones, las partículas de la luz, impactan sobre cada uno de estos átomos y liberan de estos electrones. Recordemos que nada es observable, ya sea con nuestros propios ojos, o con aparatos aún más sofisticados como los microscopios, si los fotones no chocan y excitan a los átomos y sus componentes: las ondas/partículas de luz juegan un papel fundamental en la construcción de la realidad.

Cabe la pregunta entonces: si el observador, o los instrumentos de observación hacen evidente lo observado, ¿entonces la realidad que observamos a nivel atómico y subátomico en realidad no existe? Si los átomos y las moléculas y todos los componentes del mundo macroscópico dependen de las paradojas de la mecánica cuántica, ¿entonces la realidad no existe hasta que alguno de nosotros la observamos?

La mecánica cuántica, al contrario de la física newtoniana (donde una acción corresponde a una reacción, y en la que podemos predecir el futuro a partir de ciertas condiciones o principios iniciales negando así el libre albedrío y el azar) pone al observador, no solamente como protagonista de la realidad, sino como creador de la misma. Le concede a la consciencia humana, y a sus instrumentos de medida, un lugar privilegiado. Lugar privilegiado que puede ser un riesgo si realmente queremos saber qué es la realidad y de qué está realmente constituido el mundo subatómico y el universo mismo.

La cuestión aquí es preguntarse si es nuestra propia consciencia la que niega lo real de la realidad. Si es el propio ser consciente el que, paradójicamente, se niega a sí mismo al cuestionarse su propia existencia y la del mundo que le rodea.

Y como dice acertadamente J.M Jauch: La interpretación (de la mecánica cuántica) ha seguido siendo una fuente de conflicto desde su introducción… Para muchos físicos juiciosos, ha seguido siendo una suerte de” secreto de familia”.

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¿Qué es el entrelazamiento cuántico? una aproximación

Representación de fenómenos cuánticos /Fuente: http://www.inquietudes.wordpress.com

por Julio García.

Uno de los fenómenos más extraños de la realidad física es el llamado entrelazamiento cuántico, concepto del que seguramente han escuchado hablar en programas de televisión, en documentales serios y no tan serios, y a veces hasta en shows de tarot y esoterismo, estos últimos, evidentemente, sin mucha credibilidad.

La noción del entrelazamiento cuántico es una idea nada nueva que se remonta a principio del siglo XX, a 1900, cuando el físico alemán Max Planck, considerado el padre de la teoría cuántica, propuso que no podemos hablar de una cantidad infinita de energía, sino que esta se transmite en pequeñas cantidades o paquetes llamados cuantos. En 1905, Albert Einstein, basándose en los experimentos de otro gran físico, Philipp Lenard, sobre el efecto fotoeléctrico, propuso que las ondas de luz se pueden propagar como ondas y como partículas al mismo tiempo. De hecho, propuso al fotón como la partícula portadora de la luz.

Ahora bien: el término de entrelazamiento cuántico fue introducido por Einstein, Podolsky y Rosen en 1935 (paradoja EPR), y en términos llanos puede describirse como la posibilidad de que dos objetos que se encuentran físicamente separados, inclusive por millones y millones de kilómetros, se pueden comunicar entre sí. En otras palabras, y por increíble que esto pueda parecer al sentido común, dos objetos pueden compartir la misma información y alterar su estado si uno de los dos objetos es afectado. Hay que aclarar que estos experimentos se realizan hoy en día con fotones de luz -antes se hacían con electrones- que nacen de una misma fuente (pareciera como si esta fuente determinara el tipo de información y movimiento que un par de fotones tendría). Y tal vez lo más impresionante de todo es que el intercambio de información entre las partículas se transmite a la velocidad de la luz: ¡ a 300,000 km/s !, por que, recordemos, la información también es una forma de energía, o bien requiere de esta para poderse transportar de un sitio a otro.

Por otra parte, el entrelazamiento cuántico está ligado a su vez con otro gran concepto de la mecánica cuántica: el de la incertidumbre (propuesto por Werner Heisenberg a mediados del siglo XX), mediante el cual se afirma, y se demuestra, que no podemos medir al mismo tiempo la velocidad y la posición de una partícula en un instante dado, es decir, que cuando medimos la posición, la velocidad de esa partícula se cancela, o viceversa, por tanto, una de las características fundamentales del universo cuántico, del reino de lo subatómico, es que nunca podemos saber con certeza en donde están los objetos, porque el hecho de medir o de observar se traduce, paradójicamente, en lo inmedible e inobservable, en lo no localizable.

Sin embargo, todavía queda mucho por aprender acerca del entrelazamiento cuántico y en general de la mecánica cuántica (que aún sigue siendo una teoría), aunque algunos expertos auguran que de aplicarse a la vida cotidiana, el entrelazamiento podría crear una revolución que se concretaría en situaciones que hoy pertenecen a la ciencia ficción tales como la computación cuántica, la criptografía cuántica y la teletransportación.

A continuación pueden ver un video donde se explica de manera muy didáctica que es el entrelazamiento cuántico y algunos otros conceptos fundamentales para entender un poco mejor la mecánica cuántica.

De cómo Dios juega a los dados: la revolución cuántica

por Julio García.

La semana pasada nos referíamos en este mismo espacio a la revolución
que experimentó la física a principios del siglo XX, y que, indudablemente dio luz para entender la realidad desde una nueva perspectiva.

También decíamos que, una de las transformaciones más evidentes se dio en cuanto a la comprensión del microcosmos: aquel mundo que no podemos palpar ni observar directamente, pero que indudablemente nos determina porque en ese mundo de lo infinitamente pequeño se encuentran los ladrillos fundamentales que le dan sentido a nuestra existencia, los átomos y las partículas subatómicas.

Albert Einstein y Marx Planck (ambos de origen alemán), fueron los artífices de esta revolución del pensamiento que dejó una huella indeleble en el ámbito filosófico e intelectual de la época. Una tiempo que estuvo marcado por conflictos bélicos en una Europa que comenzaba a convulsionarse, a desgarrarse internamente, por el odio racial hacia los judíos y que orilló a Einstein y a muchos otros físicos e intelectuales a emigrar hacia los Estados Unidos en 1932.

Sin embargo, ligar la revolución cuántica únicamente con Einstein y Planck resultaría imperdonable, ya que, esta revolución, continúa presente hoy en día, de tal suerte que sería necesario referirse a personajes como Werner Heisenberg (1901-1976), para tratar de comprender con más detalle qué es lo que realmente está escondido, cuales son los misterios intrínsecos del mundo subatómico.

A Heisenbeg, también de origen alemán, y quien fungió como director del Instituto de Física y Astrofísica de Gotinga en Alemania, por cierto, se le atribuye aquella conocida frase que dice que “no se puede medir al mismo tiempo la velocidad y la posición de una partícula en un mismo momento”, que significa que cuando tratamos de determinar alguno de estos dos factores, y que son el principio para localizar partículas en el espacio y el tiempo desde el punto de vista de la mecánica clásica y determinista, desconocemos el factor adyacente, es decir: cuando determinamos la velocidad a la que viaja una partícula, desconocemos entonces su posición, y viceversa, como si el mundo subatómico se empeñara siempre en hacer pasar un mal rato a aquellos obsesionados observadores.

A este comportamiento de indeterminación cuántica intrínseco en la naturaleza se le conoce como principio de incertidumbre el cual fue propuesto por Heisenberg. Pero ahora se preguntarán: ¿Incertidumbre en qué o de qué? Evidentemente incertidumbre a la hora de conocer las medidas de estos dos factores mencionados, la velocidad y la posición de una partícula, pero el concepto en sí mismo nos lleva a plantearnos otra pregunta aún más compleja: ¿Es posible que nunca logremos, mediante la lógica y la razón humana que le dan sentido al método científico, poder desenmarañar y comprender en profundidad estos principios esquivos con que se manifiesta la naturaleza?

Hace no muchos años nadie concebía en su cabeza la idea de que el universo se expande y que tuviese un principio, de que en el centro de las galaxias existiesen inmensos agujeros negros devoradores de estrellas. Tampoco se pensaba que los átomos fueran los constituyentes de la materia, ni que existiesen partículas aún más pequeñas como los quarks o los gluones (constituyentes, a su vez, de los átomos).

La falta de proximidad con estos fenómenos mencionados se debió, en su momento, a la ausencia de instrumentos sofisticados (como los potentes telescopios y radiotelescopios con lo que hoy contamos), así como a la carencia de estructuras matemáticas (de teoría) que nos ayudasen a definir qué son los quarks o los gluones, por ejemplo. Pero ahora, creemos, el verdadero problema radica en esa obsesión humana por medir, por entender mediante la razón, lo que intrínsecamente es inmedible e incuantificable. En otras palabras, el método científico ha sido una herramienta valiosísima para revelar fenómenos extraordinarios respecto al comportamiento de la realidad, inclusive para entender el comportamiento humano desde la perspectiva individual y como especie, pero hoy, nuestro método resulta insuficiente para comprender en profundidad el comportamiento cuántico de lo infinitamente pequeño. Será necesario entonces ¿replantear los métodos de observación? o será más bien que ¿el mismo acto de observar y de medir, paradójicamente, implica perder la noción de las cosas como un todo?

Y es que el acto de observar la realidad, de medirla, juzgarla e interpretarla, lleva implícito su propia parcialización, porque cada individuo la interpretará de manera distinta en función de sus experiencias previas o de cómo esté constituía su estructura neuronal.

Desde la perspectiva cuántica, observar a la realidad en partes, dividida, está ligado invariablemente con el acto de medir e interpretar, pese a que más allá de la medida y la interpretación, la naturaleza se manifieste en su estado más puro, más virgen, ajena a los sentidos y la mente humana.

Por otra parte, desde el plano filosófico, han surgido conceptos tales como el de lógica borrosa o lógica difusa, que en la práctica plantea el surgimiento de la computación cuántica, donde una nueva era de máquinas inmensamente más potentes que las actuales, no precisarán del código binario (basado en el lenguaje de los unos y de los ceros) para procesar y generar información. Serían ordenadores más inteligentes porque funcionarían en un estado cuántico, es decir, tendrán la capacidad de procesar datos de manera holística: centrándose en el todo y no en la parte; y muy probablemente serán capaces también de imitar a nuestros cerebros, que en su esencia más profunda trabajan desde una perspectiva cuántica. Tal vez por ello tampoco podremos entendernos a nosotros mismos jamás, ya que nuestra propia lógica tendría que seguir el tipo de esquema de pensamiento difuso, el de la lógica borrosa, de cómo Dios juega a los dados.